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Textos para practicar mecanografía

Explora textos cotidianos y fragmentos clásicos con autor y fuente. Elige un texto y practica a tu propio ritmo.

Biblioteca de textos · 40

Los fragmentos clásicos conservan el vocabulario y la puntuación originales. El chino está disponible en escritura simplificada y tradicional. Para práctica avanzada.

Lectura · Fácil

Lectura · 1

La biblioteca abre antes de que la calle se llene de gente. Una estudiante elige una mesa junto a la ventana y prepara su cuaderno. Afuera pasa una bicicleta cargada de pan. Dentro, el sonido de las páginas invita a empezar el día con calma.

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Vida cotidiana · Fácil

Vida cotidiana · 2

En el mercado del sábado hay manzanas, flores y verduras frescas. La vendedora nos explica qué fruta está lista para comer. Compramos lo que indica la lista y una pequeña bolsa de pan. Durante el camino de vuelta, planeamos juntos la cena.

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Naturaleza · Fácil

Naturaleza · 3

Un sendero sigue el río detrás del barrio. Después de varios días de lluvia, el agua corre deprisa entre las piedras. Desde el puente observamos un pájaro en la orilla. Esta tarde no tenemos prisa y podemos detenernos a mirar.

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Naturaleza · Fácil

Naturaleza · 4

Nuestro pequeño jardín empezó con tres macetas vacías. Cada mañana tocamos la tierra antes de regar las semillas. Al principio apenas se veían los brotes, pero ahora aparecen hojas nuevas. Cuidar las plantas nos enseña a reconocer los cambios pequeños.

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Vida cotidiana · Medio

Vida cotidiana · 5

Una noche dejó de funcionar la lámpara del escritorio. La llevamos al taller de reparación del barrio en lugar de comprar otra. Una voluntaria encontró una conexión suelta y nos explicó el problema. Al volver, la luz iluminó de nuevo nuestro libro favorito.

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Viajes · Medio

Viajes · 6

Llegamos temprano a la estación y buscamos el andén con tranquilidad. El tren pasó junto a campos, pueblos y un valle amplio. Una niña contó los tejados rojos desde su asiento. A veces, el viaje resulta tan interesante como el destino.

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Naturaleza · Medio

Naturaleza · 7

Una noche despejada llevamos una manta al jardín. Esperamos a que los ojos se acostumbraran a la oscuridad para buscar estrellas conocidas. Una nube ocultó parte del cielo durante unos minutos. Cuando se alejó, seguimos mirando en silencio.

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Vida cotidiana · Medio

Vida cotidiana · 8

Antes de preparar la sopa, leímos la receta completa. Una persona lavó las verduras y otra puso los platos en la mesa. Pronto la cocina se llenó de un olor agradable. La comida era sencilla, pero haberla preparado juntos la hizo especial.

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Vida cotidiana · Avanzado

Vida cotidiana · 9

Un vecino nuevo llegó al piso de arriba con varias bolsas. Lo encontramos en la entrada y sujetamos la puerta para ayudarlo. Días después dejó una nota de agradecimiento con su nombre. Una buena relación puede empezar con un gesto pequeño.

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Aprendizaje · Avanzado

Aprendizaje · 10

El programa no mostró el resultado que esperábamos. Escribimos primero la respuesta deseada y revisamos cada paso con cuidado. Tras encontrar una condición incompleta, repetimos la prueba. Explicar bien un error ayuda a resolverlo y a evitarlo en el futuro.

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Lectura · Avanzado

Lectura · 11

En el museo nos llamó la atención una carta escrita a mano. Su autora contaba un viaje bajo la lluvia y una comida entre amigos. Aquellos detalles cotidianos acercaban una época lejana. Nos quedamos un rato más para leer la carta siguiente.

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Vida cotidiana · Avanzado

Vida cotidiana · 12

La lluvia cambió nuestros planes y decidimos ordenar fotografías. Algunas imágenes nos recordaron lugares casi olvidados. Añadimos las fechas que conocíamos y guardamos varias preguntas para la familia. Al final de la tarde, el viejo álbum se había convertido en un proyecto compartido.

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Literatura · Avanzado

Don Quijote de la Mancha · 1

Miguel de Cervantes · 1605Fuente original ↗

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda.

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Literatura · Avanzado

Don Quijote de la Mancha · 2

Miguel de Cervantes · 1605Fuente original ↗

El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera.

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Literatura · Avanzado

Don Quijote de la Mancha · 3

Miguel de Cervantes · 1605Fuente original ↗

Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque, por conjeturas verosímiles, se deja entender que se llamaba Quejana.

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Literatura · Avanzado

Don Quijote de la Mancha · 4

Miguel de Cervantes · 1605Fuente original ↗

Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad. Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso, que eran los más del año, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda.

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Literatura · Avanzado

Don Quijote de la Mancha · 5

Miguel de Cervantes · 1605Fuente original ↗

Y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura.

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Literatura · Avanzado

Don Quijote de la Mancha · 6

Miguel de Cervantes · 1605Fuente original ↗

Y también cuando leía: ...los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza. Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para sólo ello.

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Literatura · Avanzado

Don Quijote de la Mancha · 7

Miguel de Cervantes · 1605Fuente original ↗

No estaba muy bien con las heridas que don Belianís daba y recebía, porque se imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero, con todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra, como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran.

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Literatura · Avanzado

Don Quijote de la Mancha · 8

Miguel de Cervantes · 1605Fuente original ↗

Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar —que era hombre docto, graduado en Sigüenza—, sobre cuál había sido mejor caballero: Palmerín de Ingalaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mesmo pueblo, decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que si alguno se le podía comparar, era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo; que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga.

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Literatura · Avanzado

Don Quijote de la Mancha · 9

Miguel de Cervantes · 1605Fuente original ↗

En resolución, él se enfrascó tanto en su letura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas sonadas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo.

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Literatura · Avanzado

Don Quijote de la Mancha · 10

Miguel de Cervantes · 1605Fuente original ↗

Decía él que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballero, pero que no tenía que ver con el Caballero de la Ardiente Espada, que de sólo un revés había partido por medio dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalles había muerto a Roldán el encantado, valiéndose de la industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los brazos.

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Literatura · Avanzado

Don Quijote de la Mancha · 11

Miguel de Cervantes · 1605Fuente original ↗

Decía mucho bien del gigante Morgante, porque, con ser de aquella generación gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era afable y bien criado. Pero, sobre todos, estaba bien con Reinaldos de Montalbán, y más cuando le veía salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en allende robó aquel ídolo de Mahoma que era todo de oro, según dice su historia.

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Literatura · Avanzado

Don Quijote de la Mancha · 12

Miguel de Cervantes · 1605Fuente original ↗

Diera él, por dar una mano de coces al traidor de Galalón, al ama que tenía, y aun a su sobrina de añadidura. En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más estraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo; y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante, y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama.

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Literatura · Avanzado

Don Quijote de la Mancha · 13

Miguel de Cervantes · 1605Fuente original ↗

Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos, del imperio de Trapisonda; y así, con estos tan agradables pensamientos, llevado del estraño gusto que en ellos sentía, se dio priesa a poner en efeto lo que deseaba. Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón.

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Literatura · Avanzado

Don Quijote de la Mancha · 14

Miguel de Cervantes · 1605Fuente original ↗

Limpiólas y aderezólas lo mejor que pudo, pero vio que tenían una gran falta, y era que no tenían celada de encaje, sino morrión simple; mas a esto suplió su industria, porque de cartones hizo un modo de media celada, que, encajada con el morrión, hacían una apariencia de celada entera. Es verdad que para probar si era fuerte y podía estar al riesgo de una cuchillada, sacó su espada y le dio dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una semana; y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho pedazos, y, por asegurarse deste peligro, la tornó a hacer de nuevo, poniéndole unas barras de hierro por de dentro, de tal manera que él quedó satisfecho de su fortaleza; y, sin querer hacer nueva experiencia della, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje.

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Literatura · Avanzado

Don Quijote de la Mancha · 15

Miguel de Cervantes · 1605Fuente original ↗

Fue luego a ver su rocín, y, aunque tenía más cuartos que un real y más tachas que el caballo de Gonela, que tantum pellis et ossa fuit, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro ni Babieca el del Cid con él se igualaban. Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le pondría; porque, según se decía él a sí mesmo, no era razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin nombre conocido; y ansí, procuraba acomodársele de manera que declarase quién había sido, antes que fuese de caballero andante, y lo que era entonces; pues estaba muy puesto en razón que, mudando su señor estado, mudase él también el nombre, y le cobrase famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba.

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Don Quijote de la Mancha · 16

Miguel de Cervantes · 1605Fuente original ↗

Y así, después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar Rocinante: nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo. Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar don Quijote; de donde —como queda dicho— tomaron ocasión los autores desta tan verdadera historia que, sin duda, se debía de llamar Quijada, y no Quesada, como otros quisieron decir.

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Don Quijote de la Mancha · 17

Miguel de Cervantes · 1605Fuente original ↗

Pero, acordándose que el valeroso Amadís no sólo se había contentado con llamarse Amadís a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria, por Hepila famosa, y se llamó Amadís de Gaula, así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya y llamarse don Quijote de la Mancha, con que, a su parecer, declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre della.

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Literatura · Avanzado

Don Quijote de la Mancha · 18

Miguel de Cervantes · 1605Fuente original ↗

Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmándose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse; porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma. Decíase él a sí: — Si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o, finalmente, le venzo y le rindo, ¿no será bien tener a quien enviarle presentado y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendido: ''Yo, señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindrania, a quien venció en singular batalla el jamás como se debe alabado caballero don Quijote de la Mancha, el cual me mandó que me presentase ante vuestra merced, para que la vuestra grandeza disponga de mí a su talante''?

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Don Quijote de la Mancha · 19

Miguel de Cervantes · 1605Fuente original ↗

¡Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo, ni le dio cata dello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a ésta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo, y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla Dulcinea del Toboso, porque era natural del Toboso; nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto.

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Don Quijote de la Mancha · 20

Miguel de Cervantes · 1605Fuente original ↗

Hechas, pues, estas prevenciones, no quiso aguardar más tiempo a poner en efeto su pensamiento, apretándole a ello la falta que él pensaba que hacía en el mundo su tardanza, según eran los agravios que pensaba deshacer, tuertos que enderezar, sinrazones que emendar, y abusos que mejorar y deudas que satisfacer. Y así, sin dar parte a persona alguna de su intención, y sin que nadie le viese, una mañana, antes del día, que era uno de los calurosos del mes de julio, se armó de todas sus armas, subió sobre Rocinante, puesta su mal compuesta celada, embrazó su adarga, tomó su lanza, y, por la puerta falsa de un corral, salió al campo con grandísimo contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su buen deseo.

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Literatura · Avanzado

Don Quijote de la Mancha · 21

Miguel de Cervantes · 1605Fuente original ↗

Mas, apenas se vio en el campo, cuando le asaltó un pensamiento terrible, y tal, que por poco le hiciera dejar la comenzada empresa; y fue que le vino a la memoria que no era armado caballero, y que, conforme a ley de caballería, ni podía ni debía tomar armas con ningún caballero; y, puesto que lo fuera, había de llevar armas blancas, como novel caballero, sin empresa en el escudo, hasta que por su esfuerzo la ganase.

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Don Quijote de la Mancha · 22

Miguel de Cervantes · 1605Fuente original ↗

Estos pensamientos le hicieron titubear en su propósito; mas, pudiendo más su locura que otra razón alguna, propuso de hacerse armar caballero del primero que topase, a imitación de otros muchos que así lo hicieron, según él había leído en los libros que tal le tenían. En lo de las armas blancas, pensaba limpiarlas de manera, en teniendo lugar, que lo fuesen más que un armiño; y con esto se quietó y prosiguió su camino, sin llevar otro que aquel que su caballo quería, creyendo que en aquello consistía la fuerza de las aventuras.

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Don Quijote de la Mancha · 23

Miguel de Cervantes · 1605Fuente original ↗

Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo mesmo y diciendo: — ¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salidad tan de mañana, desta manera?: «Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus arpadas lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante, y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel».

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Don Quijote de la Mancha · 24

Miguel de Cervantes · 1605Fuente original ↗

— Dichosa edad, y siglo dichoso aquel adonde saldrán a luz las famosas hazañas mías, dignas de entallarse en bronces, esculpirse en mármoles y pintarse en tablas para memoria en lo futuro. ¡Oh tú, sabio encantador, quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser coronista desta peregrina historia, ruégote que no te olvides de mi buen Rocinante, compañero eterno mío en todos mis caminos y carreras!

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Don Quijote de la Mancha · 25

Miguel de Cervantes · 1605Fuente original ↗

— ¡Oh princesa Dulcinea, señora deste cautivo corazón!, mucho agravio me habedes fecho en despedirme y reprocharme con el riguroso afincamiento de mandarme no parecer ante la vuestra fermosura. Plégaos, señora, de membraros deste vuestro sujeto corazón, que tantas cuitas por vuestro amor padece. Con éstos iba ensartando otros disparates, todos al modo de los que sus libros le habían enseñado, imitando en cuanto podía su lenguaje.

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Don Quijote de la Mancha · 26

Miguel de Cervantes · 1605Fuente original ↗

Con esto, caminaba tan despacio, y el sol entraba tan apriesa y con tanto ardor, que fuera bastante a derretirle los sesos, si algunos tuviera. Casi todo aquel día caminó sin acontecerle cosa que de contar fuese, de lo cual se desesperaba, porque quisiera topar luego luego con quien hacer experiencia del valor de su fuerte brazo. Autores hay que dicen que la primera aventura que le avino fue la del Puerto Lápice; otros dicen que la de los molinos de viento; pero, lo que yo he podido averiguar en este caso, y lo que he hallado escrito en los Anales de la Mancha, es que él anduvo todo aquel día, y, al anochecer, su rocín y él se hallaron cansados y muertos de hambre; y que, mirando a todas partes por ver si descubriría algún castillo o alguna majada de pastores donde recogerse y adonde pudiese remediar su mucha hambre y necesidad, vio, no lejos del camino por donde iba, una venta, que fue como si viera una estrella que, no a los portales, sino a los alcázares de su redención le encaminaba.

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Don Quijote de la Mancha · 27

Miguel de Cervantes · 1605Fuente original ↗

Diose priesa a caminar, y llegó a ella a tiempo que anochecía. Estaban acaso a la puerta dos mujeres mozas, destas que llaman del partido, las cuales iban a Sevilla con unos arrieros que en la venta aquella noche acertaron a hacer jornada; y, como a nuestro aventurero todo cuanto pensaba, veía o imaginaba le parecía ser hecho y pasar al modo de lo que había leído, luego que vio la venta, se le representó que era un castillo con sus cuatro torres y chapiteles de luciente plata, sin faltarle su puente levadiza y honda cava, con todos aquellos adherentes que semejantes castillos se pintan.

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Don Quijote de la Mancha · 28

Miguel de Cervantes · 1605Fuente original ↗

Fuese llegando a la venta, que a él le parecía castillo, y a poco trecho della detuvo las riendas a Rocinante, esperando que algún enano se pusiese entre las almenas a dar señal con alguna trompeta de que llegaba caballero al castillo. Pero, como vio que se tardaban y que Rocinante se daba priesa por llegar a la caballeriza, se llegó a la puerta de la venta, y vio a las dos destraídas mozas que allí estaban, que a él le parecieron dos hermosas doncellas o dos graciosas damas que delante de la puerta del castillo se estaban solazando.

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